Océanos de Fuego | El Agujero Azul
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El Agujero Azul

Al sentarme a escribir sobre esta inmersión, dejo que mi mente regrese a los muchos momentos apacibles que me ha proporcionado este recorrido por las profundidades del veril de Puerto del Carmen.

 

Es una inmersión que, pese a que los buceadores locales y visitantes de otras aguas llevan haciendo muchos años, a mi me gusta hacerla en lo que llamo Anna’s Way.

 

La idea es muy básica, evitar a otros buceadores, aprovechando nuestro tiempo de fondo y suministro de aire con calma, ver gran cantidad de vida, disfrutar de los paisajes y oquedades en la roca volcánica y de los seres que esconden.

 

Entro al agua cómodamente por el muelle, bien bajando las escaleras hasta la tarima o, en marea alta, saltando desde el mismo.

 

Nado en la superficie de aguas calmas hasta prácticamente la entrada al Agujero Azul, de esta manera, nos vamos relajando antes del descenso y no acumulamos tiempo de fondo haciendo un recorrido que podemos explorar de vuelta por la escollera.

 

Tomamos unas respiraciones tranquilas bajo el sol, regulador en la boca y dejamos que el agua nos cubra para iniciar el descenso, libre para los que nos gusta la sensación de caída o bajando por el cabo de una boya si se prefiere.

 

Bajamos flotando en un acuario hasta aproximadamente 20 metros, la visibilidad normal, 25 metros, nos deja apreciar la inclinación del arenal que se pierde en el corte del veril, cayendo de norte a sur. Empezamos a divisar algunos seres alargados asomando varios centímetros en la arena, moviéndose con la leve corriente. Son comunidades de Anguilas Jardineras.

 

Para cuando hemos establecido flotabilidad neutra y avanzamos unos metros, ya hemos llegado a la entrada del arco, que aparece en nuestro camino a los 24 metros de profundidad. Un agujero en el arenal atraviesa la roca en el borde del veril hacia abajo en la pared, formando una ventana al azul Océano Atlántico.

 

Nos introducimos uno detrás del otro explorando con el foco las grietas, encontrando varios tipos de cangrejos, planarias, nudibránquios, alfonsitos. En ocasiones un mero de 1 metro nos espera en la salida, a 29 metros.

 

En este punto miramos al horizonte, por el que a poca distancia pueden estar pasando cetáceos y otros animales pelágicos en ese mismo instante. Una nunca sabe cuando la va a sorprender un tiburón, una manta, un delfín o un rorcual atrevido que siguiendo su ruta migratoria se ha acercado a esta inmersión. Siempre hay que mirar al azul…

 

Para contrastar con esa imagen de inmensidad oceánica, vamos a entrar en una cuevita oscura.

A 30 metros, penetramos un espacio de entrada estrecha, que se ensancha para dar cabida a unos pocos buzos y a algún mero espabilado.

 

Apuntamos con las linternas a las grietas de las paredes y observamos multitud de camarones escapando de la luz. Dos o tres meros calibran la situación y, de repente, atacan a los camarones en frente nuestro. Aprovechan nuestra presencia y el revuelo que causamos a los crustáceos para capturarlos, mostrándonos un comportamiento que quizá alguno haya visto en un documental de National Geographic. Naturaleza en acción.

 

Salimos de la cueva, aun tenemos unos minutos de fondo para observar como la pared se levanta ante nosotros, con sus esponjas, sus criaturas observándonos desde infinidad de agujeros.

Al ir ascendiendo unos metros en el precipicio, nos acercamos a un banco de bogas y sardinillas que bailan sobe nuestras cabezas, entrando y saliendo, caen como estrellas fugaces sobre nosotros cuando son atacadas por sierras, medregales, barracudas o jureles.

 

Encontramos una segunda cueva, más amplia. Dentro, al fondo, podemos alumbrar una agrupación de esponjas y más camarones. Curiosamente los meros nos han seguido de una cueva a otra.

 

Seguimos subiendo por la pared, bordeando esta punta del veril tan concurrida y encontramos una anémona con gambas Lady Scarlata y, creciendo en su lugar elegido, una pequeña rama de Coral Naranja, con sus pólipos blancos.

 

Ahora los bancos de pececillos nos atraviesan rápidamente en su huida, es porque, unos metros más allá en el azul, un banco de barracudas les acecha. Cruzamos entre ellas bajo su mirada intimidatoria, miramos hacia abajo y vemos perderse la lengua de arena en la profundidad. Empezamos a subir por ella para iniciar el camino de vuelta. Cruza nadando una raya águila o un enorme chucho negro.

 

En la nasa hundida que encontramos y en los cabos por el arenal, vamos deteniéndonos a buscar caballitos de mar, amarillos, marrones, blancos, muchas veces embarazados.

Estamos entre los 16 y 11 metros y volvemos a ver grandes jardines de anguilas ondeantes.

Nos fijamos en las marcas de la arena, es frecuente encontrar rayas eléctricas, mantelinas, sepias y, como no, al rey de nuestras inmersiones, el tiburón ángel.

 

Cada época, cada estación del mar, permite ver unas u otras especies y comportamientos varios. Apareamientos, luchas por el territorio, puestas de huevos, nacimientos, persecuciones, muertes y algunas actuaciones que nunca entenderemos… Sólo hay que pararse y observar la vida marina.

 

De vuelta por la escollera, con mucha luz a poca profundidad, vamos encontrando peces lagarto, fulas, peces trompeta, algún pulpo, más sepias, pejeverdes, estrellas de mar, salmonetes. Mientras, vamos terminando nuestra parada de seguridad y llegando a la zona de ascenso seguro, marcada por el circulo de boyas, para terminar esta hora de inmersión, profundamente bella, contrastada, llena de oportunidades.

Anna Clavero / PADI Open Water Scuba Instructor

Plano del agujero azul

Avanzado

Nivel Necesario
30

Metros

Profundidad Máxima

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