Océanos de Fuego | Relato de una inmersión post-temporal
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Relato de una inmersión post-temporal

  |   Biología Marina   |   No hay comentarios

Siempre he pensado que el océano recompensa a los buceadores intrépidos. Una vez más lo hemos podido comprobar.

 

Después de 2 días en los que no hemos podido bucear debido a un temporal de viento que ha provocado olas y mar de fondo en nuestro normalmente resguardado trocito de paraíso en Playa Chica, hoy hemos saltado al agua.

 

Durante el día hemos esperado pacientes a que remitiera el viento, se apaciguase el movimiento, el mar nos dejase entrar… Cuando parecía que el día ya había terminado y la playa se quedó vacía, gracias al anhelo de Sara y su familia, al prolijo conocimiento del mar de Carlos Suárez y a mis ganas de mostrar lo que bajo esa superficie líquida se esconde, a las 6pm en Canarias los 4 afortunados hemos iniciado una inmersión romántica de exploración, que ha terminado siendo una nocturna llena de encuentros después de 54 cortos minutos.

 

Con una visibilidad asombrosamente buena después de ver como sólo un par de horas antes rompía irritado el Atlántico contra las rocas, a 2 metros de profundidad y aún dentro de la cala, el primer curioso habitante se ha dejado ver. Semi-enterrado en la arena hemos descubierto un gran ejemplar de Uranoscopidae, más conocido en Lanzarote como peje rata, pez rata o en inglés Stargazer (astrónomo), curioso nombre para un pez que no sólo posee espinas venenosas sino que además puede causar descargas eléctricas al contacto.

 

Un habitual de las inmersiones en nuestra zona, el caballito de mar Hippocampus hipoccampus, continuaba, tras el evidente cambio producido en el fondo arenoso, meciéndose en su refugio en la roca.

 

Al bajar un poco más y ya con el sol apareciendo por otras latitudes, las primeras Felimare picta de la temporada (anteriormente Hypselodoris picta), aún pequeñas, pasturaban en el veril. Una elegante Flabellina affinis con sus tonos morados y sus puntas blancas ha dado paso a un recorrido con nuestros focos por la pared, descubriendo la multitud de crustáceos, cnidários, tunicados como la Ascidia roja con su intenso color y su textura aparentemente blandita, briozoos, esponjas y peces diurnos preparados para dormir en sus escondites.

 

No pasa desapercibida la Gerardia macaronesica, una colonia que quizá sería más discreta si no fuese por los llamativos pólipos color amarillo y sus ramas que se desarrollan en un solo plano, perpendicular a la dirección de las corrientes.

 

Dos Sepias officinalis cambiaban de color, se extendían y contraían en un baile libidinoso rodeadas por inquietos camarones narval o Plesionika narval.

 

Y entonces llegó la sorpresa. Encontramos un nuevo y pequeñísimo ejemplar de Antennarius nummifer, mi fascinante bichito, el pez rana o Frogfish. Es pasión lo que estos extraños seres provocan en mi. Quizá por eso no dejo de toparme con ellos desde que llegué a estas aguas. Carlos me llama “Frogfish Queen” y sinceramente, me lo empiezo a creer. No es casualidad, yo los busco pero ellos me encuentran, es pura atracción.

 

Más pequeño que mi dedo meñique, tan curioso en sus formas y maneras, tan gracioso a mis ojos. El pequeño pez de un color entre el rosa pálido y el naranja, al encontrar 4 focos destapando su excelente camuflaje simulando una esponja, ha reculado con sus aletitas tipo patas y se ha escondido en una grieta imposible.

 

Yo no podía esperar más. Pero había más. El Atlántico y sus secretos…

 

Las Aplysia dactylomela o liebres de mar han sorprendido a mis acompañantes por su gran tamaño, un par de cangrejos peludos Pilumnus hirtellus han molestado a una anémona gigante verde, la preciosa Telmatactis cricoides, que se ha encogido, envolviendo en su interior a uno de los cangrejos. Otras pequeñas Telmatactis rojas rodeadas de camarones jorobados, los Thor amboinensis saltando diminutos sin alejarse de su guarida.

 

Las estrellas ofiura, Ophioderma longicaudum, estirando sus 5 patas, las fulas negras descansando al lado de su puesta de huevos, siempre al acecho, con ese nombre tan difícil de recordar, Abudefduf luridus. En sus escondrijos los coloridos pejeverdes Thalassoma pavo y las viejas, pez loro o Sparisoma cretense, durmiendo con los ojos abiertos sobre las rocas.

 

Empezamos a subir, alguna breca Pagellus erythrinus despistada destaca con sus azules eléctricos, las bogas o Boops boops escapando en bancos de nuestra luz, las gallinitas Canthigaster capistrata cubriendo con cara de sueño todas las rocas, cangrejos ermitaños Dardanus calidus en sus casas hechas de concha y otra sorpresa: una sepia comiéndose ante nuestro asombro un Scorpaena maderensis, el exuberante rascacio.

 

Observamos en la distancia a los llamativos Hermodice carunculata, gusanos de fuego que nos producirían irritación si los tocamos, compartiendo protagonismo con un Stenorhynchus lanceolatus, una forma divertida entre un flaco cangrejo, una araña submarina y una flecha con ojos y largas patas.

 

Saludamos a los simpáticos salmonetes Mulus barbatus, por sus barbas con las que de día hurgan en la arena, nos tropezamos con un cantarero gordo, Scorpaena scrofa, y nos dirigimos ya dentro del mar de fondo a poca profundidad hacia la salida. Pasamos delante de los peces lagarto, desconozco si Synodus synodus, el lagarto capitán o Synodus saurus, pero nos miraban inmóviles, con cara de reptiles.

 

Como despedida, otra sepia del tamaño de un sello pasa del blanco al marrón y sale disparada con gracia buscando su cena.

 

Las caras de mis buceadores y la mía al salir del agua son el único precio de esta inmersión. Caras de emoción. Preguntas sobre los bichitos que hemos visto, los comportamientos, exclamaciones por lo bien que nos ha tratado el mar.

 

Una buena inmersión. Unos buenos buceadores. Y pasión por el buceo, mayor aún después del temporal. Gracias Daniel, Sara y Reme por confiar en nosotros.

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